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El nombre Tepoztlán, de origen náhuatl, proviene de los vocablos Tepoztécatl (divinidad nahuatl) y Tlan (junto a), es decir: “En compañía de Tepoztécatl”. Y no es cualquier comparsa pues se dice que este famoso guerrero nació de una princesa cuyo embarazo – ¿Están listos? – fue producto del amor de un pajarillo ¿Imposible? no, pienso que especialmente en aquellos tiempos el amor era un factor importante en las entregas furtivas y ¿Cuánt@s de nosotr@s no nos hemos enamorado por lo menos de uno?

Después de dos intentos fallidos (en donde estuvieron involucrados hormigas maternales y magueyes nodrizos), los padres de la princesa, muy enojados, se deshicieron del niño mandándolo corriente abajo por un rio, del que fue rescatado por dos ancianos. Luego la historia se pone rara cuando Tepoztécatl derrota al monstruo Xochicálatl y, en lo que a mí me parece una enorme descortesía, se embolsa el sonoro teponaztli y sale corriendo con él “provocando con su orina una gran barranca”, a fin de poder tocar el famoso instrumento en el Tepozteco.

Y hacia Tepoztlán nos dirigimos mi hija y yo en el segundo “viaje anual de niñas”.

La tradición empezó el año pasado, cuando decidimos que para Marifer todavía no era tiempo de disfrutar la Fórmula 1 (su esperanzado padre espera que algún día llegue ese momento). Así, nuestros hombres se fueron a vitorear a Sergio “Cheko” Pérez a Austin, mientras que aterrada con la idea de quedarme a solas con mi inquieta mocosa en la casa y cuestionándome cuánto valía mi libertad ( dan mínimo 30 años al parricida ), invertí en la armonía familiar y nos fuimos ella y yo a Huatulco.

Pero este año el destino lo definieron la decidía y la economía. Con angustia vi que se me venía encima el puente tan esperado por mi chiquilla y con terror analicé los precios. Fer tenía meses idealizando el viaje. En esa cabecita donde todo es posible, su Má y ella nadarían con delfines, avistarían ballenas, acabarían con las tiendas de Miami, bailarían hula hula encollaradas en flores o, en el peor de los casos, volveríamos a tomar el delicioso chocolate Oaxaqueño.

Booking.com me mostró que mi mejor opción era un hotel tradicional, donde hijas y madres eran bien recibidas. Le di “click” a comprar y doble “click” a la esperanza de encontrar las palabras adecuadas para compartir el plan y para que lo de Pueblo Mágico incluyera algún encantamiento infalible para que “fin de semana largo” mantuviera su connotación positiva.

La noticia fue recibida sin mayor expresión, hasta dos días después que entusiasmada me compartió: “Le conté a mis amigos que íbamos a ir Tepotsnaztle Y dice Diego que hay un volcán padrísimo. Buena idea mami”. Bendita geografía infantil que le da a la Tierra su más hermosa descripción.

Y hacia allá nos dirigimos. Ella describiendo cada dos segundos su emoción. Yo, ensimismada sorteando el tráfico y revisando mentalmente el contenido de mi maleta ¿Qué había dentro que pudiera ayudarme a entretenerla cuando la alberca climatizada perdiera interés? ¿Debería pararme a comprar algo antes de llegar?

“Yo tengo tu amor” escuché atrás. “Súbele mami” insistió, invitándome a unirme a la más divertida destrucción de la armonía musical. Entonces, como una primera ofrenda de este lugar, el retrovisor develó ante mí la imagen de una pequeña guerrera que enfundada en mis lentes oscuros y utilizando su aniquiladora sonrisa, estaba dispuesta a vencer cualquier posibilidad de aburrimiento. Presta incluso a luchar contra la predisposición de su madre. Para ella lo importante era el momento de nosotras y acababa de empezar.

Y así lo hizo. Venció el reto de pasar más de siete horas seguidas en una alberca luchando por dominar el distinguido “nado de la rana”.

Leyó –con brutal detenimiento- todos y cada uno de los más de 130 sabores de las Tepoznieves para al final, con el mayor desenfado, pedir una de limón.

Esperó desde el desayuno hasta la hora del almuerzo a que un pajarito se subiera a la mesa, a comer alguno de los cientos de migajas de pan que previamente había distribuido.

Tomó cinco mil fotos y posó para diez mil más.

Se inició en las delicias de la buena vida, recibiendo su primer masaje profesional.

Bailó, cantó, rio hasta dolerse. Imaginó historias y creó leyendas con espíritus y brujas en cada rincón del hotel.

Se sentó a mi lado a leer el contenido de este blog y lloró con “La Odisea”, sacudiéndome el corazón.

Yo por mi lado viví en este lugar místico una revelación:

Lo importante no es darles tiempo de calidad a mis hijos. Lo verdaderamente valioso es darme a mi ese tiempo con ellos.

Vi a este ser, que me tiene hechizada, transformase en niña y en mujer en un mismo segundo. Pintó de chocolate sus bigotes tomando toda la leche del lugar, al tiempo que se tapaba de mi para que no la viera entrar desnuda a la regadera. Jugaba con sus Monster High mientras hablaba de su eterno amor por Ricky. Eligió como recuerdos de su fin de semana una muñeca de trapo y una bolsa de tela.

Defenderé contra Xochicálatl o contra mis propios monstruos la posibilidad de disfrutar lo que resta de su infancia y el momento de su transformación. Al fin que no necesito ni todo el tiempo del mundo, ni de un sofisticado plan de convivencia. Basta con defender esos momentos sagrados entre nosotras. La magia se va a producir mientras tengamos ganas de que así sea.

“No vengas con odios, si llegas cargado de energía negativa aquí se revertirá, pero debes estar listo y dejar fluir la energía. Antes de asistir hay que hacer la paz con el Tepozteco”.

4 Comments on “En compañía de Tepoztécatl

  1. Me acorde de hace como 5 o 6 años, las dos sentadas en unas butacas, sin dejar de reir, a carcajada abierta y llorar con todo y pujido… Asi me senti al ir leyendo tu aventura. Eres grande Consu!!! Jajajajajaja y mi niña mas!!!! … pero pues no podia ser de otra manera si te tiene a ti como Mama y ejemplo viviente. Que maravillosa aventura y que hermoso amor se tienen. Que gran oportunidad te diste… obvio que mas tu!!! Te quiero Consu querida… 🙂 y ya esperaba tu escrito…

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