Me robaron a Edipo

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Apresurada y desubicada llegué a la evaluación semestral de mi hijo. Era la primera de la secundaria, por lo que no conocía ni el lugar ni el proceso. En ciclos anteriores se trató de reuniones sólo entre padres y maestros, juntas de las que invariablemente salí convertida en pavo real, después de escuchar elogios sobre su desempeño y su actitud. Suponía sería igual.

Al entrar a la sala de espera me sorprendió encontrar a mi puberto. Que ternura me provocó el verlo sentado muy formal, con cara de asustado y casi perdido en ese enorme sillón de adultos que todavía le queda grande.

Por reflejo sentí el impulso de abrazarlo, pero leyéndome el pensamiento me sonrió con rapidez y clavo la mirada en la pared.

Supe que algo no andaba bien.

-¿Qué haces aquí en la dirección? ¿Qué paso? -Le pregunte con un hueco en el estómago.

– Tengo que estar en la reunión contigo, -me explicó bajito, muy serio y sobre todo muy rápido. Como aprovechando que nadie había llegado. Apretó su mochila entre las piernas y volvió a perder su mirada hacia el frente, como en una especie de petición espiritual, para que esa fuera la única conversación que sostuviéramos.

Por supuesto algo andaba mal. Un vistazo fue suficiente para darme cuenta.

– Ve nada más que pelo Emiliano, y que manos. ¿Por qué están todas pintadas con tinta? No puedes entrar sucio y desfajado a la junta.- Con terror me vio sacar de la bolsa un cepillo y las toallitas húmedas. Terror, no exagero. Al grado que con una maniobra de vendedor de mercado negro se los hice llegar y bajo su camisa, a regañadientes, se dirigió con ellos al baño no sin antes lanzarme una mirada que a la mamá de Freddy Krueger le hubiera hecho sentir pena ajena.

Atrasada la reunión, los minutos pasaban entre su persistente interés por la pared; mi impacto al ver “amazonas” caminando con mochilas por los pasillos y ese silencio incómodo que, según yo, me correspondía romper.

– ¿Cuál es la niña que te gusta? Pregunté.- No hubo respuesta. Sólo miles de cuchillos imaginarios que en el aire asesinaron mi deseo de platicar.

Todo estaba mal.

Ese mini usurpador no podía ser mi hijo. El mío me ofrecía los abrazos cada vez que alguien más quería cargarlo, amaba acurrucarse mientras le acariciaba el pelo o me contaba sus aventuras en la guardería. Alguien me había robado a Edipo.

A los pocos minutos entramos a la junta. Una completamente diferente a las que yo había asistido. No sólo nadie se dirigía a mi, sino que todos parecían distinguir en mi pequeño, al adulto en formación que tanto trabajo me cuesta ver.

Por primera vez fui un testigo casi fantasmal. Lo vi escuchar los elogios a los que me tiene acostumbrada. Recibió la propuesta de lo que hay que mejorar. Se comprometió por escrito a hacerlo. Habló con seguridad y elocuencia sobre si mismo y sus primeras experiencias en la secundaria. Todo esto mientras abrazada a mi bolsa y con la boca abierta, yo clavaba la mirada en la pared haciendo malabares para no llorar.

– Se nota que eres una persona feliz. ¿Lo eres verdad? Preguntó por último la consejera. Su respuesta acaricia todavía mi corazón:

– Me siento muy contento de estar aquí. Y si, soy feliz en mi casa y con mi familia a la que amo, porque es la mejor de mundo.

Entonces, con claridad entendí que todo estaba bien.

Al salir de la oficina, mientras luchaba por contener el tsunami en mis ojos, mi hijo sonrió y espontáneamente me dio uno de sus mejores abrazos. Luego tomó su mochila y se integró al tráfico escolar, no sin antes voltear hacia mi para hacerme desde lejos uno de sus famosos “ojitos” de antaño. Pestañeo mágico con el cual me obsequió la dicha de sentirme viva.

Dicen que los huesos duelen cuando se está creciendo. Es claro que a mi me va a doler un poco el alma, mientras mis hijos y yo nos adaptamos a esta maravillosa cosa que es su desarrollo.

Que gran regalo me ofrece con ello el universo. En correspondencia me comprometo a seguir colaborando para entregarle a la vida y a mi futura nuera, si la hay, un hombre lo suficientemente valiente para no limitarse a expresar sus sentimientos.

Dicha promesa tiene truco y me beneficia por completo, porque mi hijo crecerá con la certeza de que cada vez que lo necesite, su madre tendrá para él un abrazo de esos que saben a paz, a casa, a gloria. De esos que sólo sabe dar mamá.

Asimismo, con un poco de suerte y mucho empeño, yo aprenderé a soltar. A entender, percibir, recibir y aceptar “te quieros” en formatos distintos. A mirar y escuchar con el corazón. Todo esto manteniendo siempre una mejilla ansiosa y dispuesta a recibir ese beso sanador que él siempre sabrá cuándo entregar.

 

3 Comments on “Me robaron a Edipo

  1. Dicen que hay cosas que nadie puede ocultar, una de ellas sin duda es el amor de madre. Y seguro que cuando Dios bendice con hijos así el infinito es pequeñisimo para demostrarlo. Felicidades por otra gran historia!!

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  2. Leí esto que dijo el escritor David Grossman: “La primera motivación que lo convierte a uno en escritor es la necesidad de llamar a las cosas y a los sucesos con los nombres privados que tenemos reservados para ellos, contar historias con las huellas digitales de nuestro mundo interior”. Me acordé de ti porque me gusta como llamas a las cosas y las historias que cuentas. Eso que dices de aprender a percibir y aceptar “te quieros” en formatos distintos es medicina pura. Gracias, muchas gracias por la receta.

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