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-¿Mamá, es verdad que si das un beso en la boca te puedes quedar pegado? -Me preguntó mi hijita Marifer, provocándome uno de esos no tan comunes momentos de agilidad cerebral “multitask”. Por un lado buscaba la respuesta que pudiera dejar sanamente satisfecha su curiosidad, por el otro intentaba descubrir qué la motivaba, sin que mi cuestionamiento alterara la confianza que sentía al compartir conmigo esos temas. Todo lo anterior, intentando no reír.

Contesté que no entendía a qué se refería con “quedarse pegado” y resultó que ella tampoco, una amiga se lo había contado afirmando que por eso los niños no debían besarse así.

Me dio mucha ternura imaginar a esas mocositas intentando entender por qué los adultos prohibían algo que la televisión, las películas e incluso la vida misma, los muestran disfrutándolo mucho. Y aunque entiendo como razón sustancial que para todo hay tiempo, entiendo también y, sobre todo recuerdo, lo difícil que es a cierta edad imaginar cuándo llegará el propio.

Me limité a decirle que para mi un beso es un caricia sin manos, el pasadizo secreto que usa el corazón para escapar del cuerpo y ocupar otro, a veces por unos segundos, otras para toda la vida.

Le aseguré que nada de peligroso hay en dar uno. Por lo menos físicamente, mientras que quién lo recibe no sea tan sapo y quién lo da no espere convertir a nadie en príncipe.

Le dije que yo creía que un beso era algo tan especial que me parecía un desperdicio entregarlo por curiosidad. Por eso había que espera a crecer, a conocer más gente, a que el cuerpo y el corazón terminarán de formarse para que ese momento fuera perfecto. Porque como dijo el poeta español Gustavo Adolfo Bécquer: “La decisión del primer beso es la más crucial en cualquier historia de amor, porque contiene dentro de sí la rendición“.

Una rendición que requiere de valentía, para cerrar los ojos y sin más dejar de pisar el suelo, para soltar y dejarse llevar.

Entrega a la que, desde que la vida es vida, se han sometido románticos y revolucionarios palpitado y suspirado por igual. Como el médico poeta Oliver Wendell Holmes que escribió: “El ruido de un beso no es tan retumbante como el de un cañón, pero su eco dura mucho más.” O el dramaturgo Paul Géraldy quién aseguró que “El más bello instante del amor, el único que verdaderamente nos embriaga, es este preludio: el beso.” Hasta el mismo Bécquer rendido escribió:

“Por una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo;
por un beso… yo no sé
qué te diera por un beso”.

Puede ser que

haya aburrido a mi mocosa con tanta palabrería y, sobre todo, con más de un suspiro que no pude detener. Me alegra, porque me parece que todavía falta mucho para que llegue su momento. Mientras tanto, yo tengo tiempo para seguir disfrutando el tesoro de su inocencia.

Ella, como siempre, se fue a jugar. Yo me quedé un rato más pensando en la prima de una amiga que asegura que un beso, como un vaso de agua, no se le niega a nadie. Creo que lo dice no por loca, sino desde ese pedazo de alma remedo de poeta, que recuerda a Neruda cuando aseguraba:  “El primer beso no se da con la boca, sino con los ojos” y a Lord Byron que escribió: “Cuando la edad enfría la sangre y los placeres son cosa del pasado, el recuerdo más querido sigue siendo el último, y nuestra evocación más dulce, la del primer beso.”

 

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