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Un pequeño de no más de 10 años sufría el acoso de un grupo de niñas que se burlaban de él a causa de su baja estatura. Una en especial, se alimentaba del aplauso y las risas del grupo soltando frases que lo herían como: “¿De verdad puedes oírme allá abajo?”

Durante un tiempo el pequeño se limitó a sufrir en silencio, a emprender la huida cuando le era posible y a desear que pronto llegara el fin de semana o el milagro que lo hiciera crecer.

Un día, la niña aprovechó que contaba con la atención del grupo para emprender el típico ataque verbal, pero el chiquillo, empoderado por el hartazgo, el cúmulo de enojo y probablemente siguiendo el consejo de alguien que con mucho amor buscaba que aprendiera a defenderse, desenfundó su hermosa sonrisa y le dijo:

-Ven te voy a dar un abrazo. -Abrió los brazos, se acercó a ella y una vez que capturó por completo la atención del grupo expresó a la niña que lo miraba perpleja:

-Ay mejor no, porque hueles a popó.

Una simple frase puso de revés el mundo. El recibió los aplausos, ella las burlas, los dos acabaron en la dirección ofreciéndose disculpas mutuas (las maestras tienen métodos que algún día entenderé, quizá), pero lo importante es que ninguno ha vuelto a molestar al otro.

Me encanta esta historia que desde que la conocí me resulta un prisma lleno de aristas para la reflexión.

Está claro que nada nos da derecho de juzgar a los demás, como nada nos da pretexto para permitir que nos humillen. Sobre todo, no existe una razón que justifique el humillarnos a nosotros mismos. Escribirlo fue fácil.Lograr la relación virtuosa en este triángulo de respeto, me parece un reto enorme que yo no he podido alcanzar.

¿Cuánto tiempo, cuántas lágrimas pasaron antes de que ese pequeñito decidiera buscar el respeto que merecía? Seguramente sucedió el mismo día que descubrió la fuerza del amor propio.

Su acción criticable o no, me resulta un enorme ejemplo de valentía y es que ¿Cuántas veces en la vida nos falta el cariño hacia nosotros, para detener una frase, una actitud, un comentario, que nos hace daño?

Por otro lado, no puedo dejar de pensar en la mamá de ese chiquillo. Cuánta impotencia debe haber sentido al conocer su historia. De verdad es difícil enseñarle a tu hijo a defenderse.

Para este tipo de casos, los libros de psicología infantil y orientación familiar aconsejan ser modelo de los niños “pues ellos aprenden mejor copiando el ejemplo.” Señalan que hay que permitirles manejar a solas estas situaciones, a fin de que a futuro no dependan de sus padres. Sugieren enseñarles a decir “No”; a defender sus valores y creencias; a no ceder ante la presión del grupo y promueven la enseñanza de una conducta asertiva y no agresiva.

Yo me pregunto ¿Cómo entregarle las herramientas necesarias, si muchas veces nosotros no las encontramos? ¿Cómo facilitar el “no” cuando lo tenemos tan atorado? ¿Cómo decirle que no tema a las represalias, cuando estas nos aterran? ¿Cómo pedirle que no agreda al oponente cuando en casos así, inevitablemente se despiertan el “Descuartizador” que todas las madres llevamos dentro?

Gran reto es la maternidad y la paternidad. También lo es la vida, que día a día nos regala ese saborcito picoso que nos pone a sufrir pero no podemos dejar, aunque en el camino, más de una vez, seguramente tendremos que decirle a alguien: “hueles a popó”.

Foto: Aldo Moye

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