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Afuera de una tiendita a la que llegué para comprar agua, tres niños parecían disputarse el juego de su vida. Habían construido su cancha en la calle, con una portería marcada por dos cajas de chicles cuya venta seguramente esperaría al medio tiempo. Una pelota desinflada servía de balón, mientras que interminables ríos de sudor formaban surcos en sus empolvadas mejillas.

El más pequeño narraba a viva voz el partido, al tiempo que dominaba la pelota con gran destreza:

“Gio roba el balón en medio campo, pasa a uno, a dos, burla a tres, se la pide Oribe, Gio duda un momento, ve una oportunidad tira de larga distancia Gooooooool”

Pasmada ante la creatividad y la imaginación del chiquillo, me quedé un largo rato disfrutando la energía que emanaba de tanta diversión.

Energía que me trasladó a hasta 1998 cuando la empresa para la que trabajo organizó un torneo de futbol entre instituciones de niños de la calle, ofreciendo llevar al ganador al Mundial en Francia.

Ese proyecto me regaló la suerte de conocer a El Teclas, un chamaco de 11 años a quien le decían así porque tenía los dientes chuecos. Crecido en la calle, con una dolorosa historia de maltrato y abandono familiar, era poseedor de un impresionante conocimiento futbolístico. Tal era su pasión por este deporte, que la promesa de pertenecer a un equipo lo motivó a permanecer en una institución y a luchar contra la drogadicción producto de la precaria vida que le había tocado.

Recuerdo que ese niño en especial me llamó la atención porque en un entrevista, antes de iniciar el torneo comentó: “Siempre he soñado con entrar al Estadio Azteca, he intentado colarme pero no he podido. Un día lo voy a lograr. Veré a mi equipo jugar aunque sea hasta arriba, en el último lugar del Estadio”. Lo dijo como una promesa; como un decreto. Con la sabiduría de quien cree en sus sueños.

El Teclas se develó como goleador  y su equipo llegó a la final que se jugó en el Estadio Azteca; de suerte tal que ese pequeño amante del fútbol jugó en su pasto y anotó varios goles en el Coloso de Santa Ursula, ganando el torneo y la certeza de poder hacer realidad cualquier sueño.

Luego se subió por primera vez en su vida a un avión y viajó hasta París para con humildad y orgullo, representar dignamente a los niños mexicanos en un encuentro amistoso en el Parque de los Príncipes,  durante la semifinal del Mundial Francia 98.

De regreso, sentada a su lado le pregunté qué había disfrutado más y con la sencillez de un alma honesta respondió: “Las paletas de limón”. Buscando un poco más de su sabiduría volví a preguntar con qué soñaría ahora y sin dejar de ver por la ventana, con un tono que no voy a olvidar decretó: “Con ser un hombre de bien”.

– “Verdad que fue gol señora” -me regresó a la realidad el chiquillo narrador.
– “Claro que no. Para ti cualquier patada es Gol” -debatió su contrincante.

Los tres me miraban con los ojos muy abiertos, esperando un veredicto que no podía dar.

Me confesé ignorante de cuestiones futbolísticas y propuse disolver el calor de la discusión con una paleta de limón. Los cuatro la comimos gustosos. Ellos retomaron el juego y yo algunas enseñanzas que andaba empolvadas:

1) Para alcanzar los sueños hay que empezar por creer en ellos.

2) Cuando eres niño cualquier patada es un gol, sólo de nosotros depende que eso no cambie al crecer.

3) Son verdaderamente deliciosas las paletas de limón

 

 

 

3 Comments on “Cuando cualquier patada es Gol

  1. Ahora entiendo porque mis hijos, cada que le pegan al balon gritan gooool; y recuerdo como de chamaco, cada que jugaba era para mi como estar en la final de la copa del mundo. Gracias.

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