Huákala los miedos

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Mi hijo es un amante obsesivo de la lectura. A sus 13 años ha devorado más cuentos y novelas que muchos adultos que conozco. El desorden de su cuarto está en gran medida compuesto por libros que se desbordan de muebles, cajones y forman barricadas para impedir la entrada de su hermana y otros seres no autorizados.

El amor a la letra impresa brotó a los seis años con el primer libro que leyó solito y completo: ¡”Huákala los miedos”!. Me parece que fue porque encontró en él la solución a un problema que lo atormentaba: los monstruos de la oscuridad y la noche.

Recuerdo que le era imposible entrar a su cuarto cuando la luz estaba apagada y que su miedo era tan irracional e incontrolable que tampoco podía permanecer mucho tiempo sólo en el. Sacrificaba la posibilidad de jugar con sus cosas, pasando tiempo conmigo cuando el miedo lo obligaba a huir del lugar que debía ser su oasis.

Aquello me producía mucha frustración. De mil formas intenté explicarle que no había nada a que temer. Que los monstruos sólo existen en la imaginación.

Los intentos fallidos por destruir sus miedos me llevaron de la explicación paciente al enojo y al castigo. Todos sin éxito. Lo cierto es que yo tenía terror al miedo de mi hijo.

Hoy que miro esta historia desde el tiempo transcurrido me apena la incongruencia de mis acciones y la difícil etapa que ambos vivimos.

Le hablaba de valor y yo estaba aterrorizada de su crecimiento. Temía a posibles enfermedades. Me aterraba la inseguridad, los problemas económicos, la educación; hasta la falta de control sobre su estatura.

Emiliano leyó su libro y encontró una receta simple: si escuchaba un ruido misterioso, si veía una sombra preocupante,  lo único que tenía que decir era: “Huákala Ruido”, Huákala fantasma” “Huákala los miedos” y así empezó a espantarlos solito.

Yo seguí sumida en la angustia de los míos: el miedo a la vejez, al error, a la soledad, a perder lo que amo, a tomar una mala decisión  o a no encontrar nunca lo que deseo.

¿Cuándo empezó tanta angustia? No se si nací con ella o a la mejor me pasó como a Juan si Miedo que después de mil aventuras y peripecias es hasta el final del cuento,  cuando se casa con la princesa y todo funciona perfectamente,  que siente temor por primera vez. Cuando nace su amor por la princesa, nace también el pavor a perderla.

Y es que parece que en la medida en que nosotros queremos o amamos algo, tememos perderlo.

¿Cómo enseñar a quién amamos a vivir con valor, si estamos llenos de miedo? ¿Cómo vencer al miedo para que no gobierne nuestra existencia?

Yo también encontré una receta:

1. Aceptar que lo tenemos. Sabemos que todos lo padecemos y no es un síntoma de debilidad reconocerlo.
2. Identificar cuál es nuestro miedo. Mirarlo a la cara y hacerlo concreto. Somos capaces de imaginar cosas mucho peores que la realidad.
3. Poner en papel o en concreto las posibles consecuencias, que expuestas en contexto pueden adquirir su verdadero valor.
4. Recordar en todo momento nuestra motivación, aquella que nos empuja a seguir adelante a pesar de los riesgos.

Nelson Mandela decía: “No es valiente quien no tiene miedo, sino quien sabe conquistarlo”.

Con mi hijo como ejemplo, voy a intentar librar esa batalla. Muchos son los monstruos que han anidado en mi mente e incluso en mi corazón. Seguro tomará tiempo y sobre todo más de un grito desde el alma, así que pido disculpas si de pronto alcanzas a escuchar:

“Huákala los miedos!!”

2 Comments on “Huákala los miedos

  1. Que magnífica receta, o por lo menos un excelente idea para controlar y superar los miedos; que dicho sea de paso es algo que nos acompaña toda la vida con mucho mas constancia y consistencia que cualquier otro sentimiento o sensación que pudiéramos fomentar.
    Pues gracias nuevamente por el mensaje que haré todo lo posible por poner en práctica, haciendo de mis miedos un motor que me ayude a conseguir todo lo que deseo.

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  2. Es muy bello cuando puedes leer a una mujer desnudarse dejando al descubierto su intimidad… Es bello y sanador para todas cuando una mujer es capaz de nombrar sus miedos siendo leal a su propio ser y les invita a cenar para ver lo que tienen que mostrarle.

    Gracias a ti y gracias a tu pequeño maestro.

    Un beso

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