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“Siempre fuiste mi espejo, es decir que para verme tenía que mirarte” escribió Julio Cortázar, frase que más de un evangelizador del amor propio vería como un atentado contra la autoestima.

Está claro que somos nosotros mismos quienes debemos enaltecer la importancia del “yo” y que auto quererse es clave en procesos de superación personal, para sentirse seguro e incluso para amar y ser amado.

La complicación está en lograrlo y es que los promotores de la auto ayuda siempre me hacen sentir como torero primerizo que habiendo sido entrenado desde la barrera, de pronto no sabe qué hacer con tanta teoría cuando se le viene encima semejante buey.

Pocas cosas tan difíciles como conocerse y aceptarse con aciertos y errores. Más complicado todavía resulta identificar el lugar “que uno merece” y me parece sólo para expertos aquello de amarse a uno mismo.

Por eso, yo que desde hace muchos años padezco de porosidad en la autoestima, encuentro una enorme sabiduría en la frase de Cortázar o dicho de otro modo: a lo largo de mi vida he logrado reconocerme, gracias a la hermosa mirada de espejos vivientes mil veces más mágicos que el de la bruja de Blanca Nieves.

Por ejemplo, tengo clarísimo el día que me sentí verdaderamente viva por primera vez. Fue arriba de un escenario y sucedió al escuchar el aplauso. El vicio de ese chocar de palmas alimentó y sostuvo mi desarrollo adolescente, confiriendo al teatro una forma menos cruel y atemorizante en donde reflejarme.

Con los años llegó la mirada del amor, esa que con mayor honestidad que las palabras, te sorprende y te atrapa con la posibilidad de gustar y provocar deseo. Como dijo, otra vez, Cortázar: “Me basta mirarte, para saber que con vos me voy a empapar el alma”.

La de mis hijos sin duda es la más incentivadora. He descubierto la fuerza de mi corazón a través de sus amorosos ojos y a una guerrera capaz de lo que sea por seguir reflejándose en ellos.

Hace muy poco la vida me regaló una nueva oportunidad de ver a través de otros ojos. Era uno de esos días de falta de inspiración y agobio por cumplir con la promesa de escribir cada martes, uno tan rudo que me llevo a tomar la decisión de cerrar este blog. En un descanso, durante un viaje laboral, me dirigí a escribir el mensaje de despedida y en el camino me tope con Erika Cruz, a quien hacia muchos años no veía. Tuve la suerte de que me reconociera y la fortuna de que se acercara a mi para decirme que era una lectora asidua. Me honró con hermosas palabras que le devolvieron el valor a la tarea de unir estas letras y sin saberlo me regaló una nueva oportunidad y acarició con su bondad mi alma y corazón.

Los filósofos dicen que a diario vivimos de manera involuntaria la experiencia de asumir nuestra identidad al reconocer la presencia del Otro.

Por ello, sin dejar de subrayar la importancia de la introspección, hoy veo la oportunidad cotidiana de encontrar en un par de ojos generosos, aquello que a veces el espejo no nos enseña con claridad. Descubro también la posibilidad infinita de crecer como persona, al regalar un reflejo sanador a quien necesite encontrarse en mis ojos. Nada cuesta en realidad mirar lo bello, lo bueno y proyectarlo. Basta decidirlo con bondad.

Por lo pronto sigo aquí escribiendo, porque decía Cortázar: “Todo dura siempre un poco más de lo que debería” y ¿Cómo dejar estas letras, si sé que serán acariciadas por tus ojos?

 

 

One Comment on “Los ojos del otro

  1. Ahora si, hasta nudo en la garganta y piel erizada lograste en mi. Toda la autenticidad de tus palabras no puede mas que emocionar y deleitar a quien las lee. Gracias.

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