Perder es una de esas prácticas a las que no nos acostumbramos, a pesar de ser tan cotidiana. Es verdad que hay gente que parece que en lugar de flora intestinal tiene un prado de tréboles de la buena suerte, pues todo les sale bien, sin embargo el más suertudo en algún momento pierde algo.

Perdemos apuestas, oportunidades, tiempo, juventud, las llaves, ilusiones, dinero, el sentido del humor o a un ser querido. También perdemos la salud, la paciencia, la tranquilidad, la confianza y en el peor de los casos hasta la dignidad y las ganas de vivir.

Por supuesto hay perdidas que duelen más que otras. Cada una requiere de un tiempo de luto y sanación. El problema es cuando nos instalamos en el vértigo de la frustración, del dolor y las pequeñas ganancias pasan desapercibidas y se instalan en un “hubiera” de dónde es casi imposible rescatarlas.

Pienso que saber perder y ganar es fundamental en esta carrera que es vivir, pero ¿En dónde se aprende?

Hace poco tuve la oportunidad de jugar, por primera vez, en una maquinita traga monedas de casino. No entendía qué tenía que hacer. Sólo quería divertirme. Decidí sentarme cómodamente, acompañar mi experiencia con una cerveza y apostar nada más 10 dólares. Apreté mecánicamente un botón y esperé a que la repetición de figuras me otorgara algunos pequeños beneficios. De pronto ya tenía 20 dólares. Al tiempo sumaban 40. La máquina ahora si era dueña de toda mi atención. Seguí jugando con una gran dosis de ansiedad. Mis ganancias sumaban 50 dólares cuando me di cuenta de que no jugaba sola, inconsciencia y conciencia estaban sentadas a mi lado. Una proponía llegar a 60, la otra decía que era momento de parar. Lástima que la razón habla muy bajito.

Seguí ganando, muchas veces de a poquito, otras en mayor proporción. También había pequeñas pérdidas, avisos que sólo me irritaban. Me molestaban incluso los triunfos chiquitos, sólo pensaba en ganar de a montón.

Así llegue a 78 dólares, cien eran mi nueva ilusión y en eso quedó, en un sueño. Empecé a perder una y otra vez. No podía parar de jugar obsesionada con la posibilidad de recuperarme. Ignoré las tímidas ganancias que me hablaban de disfrutar lo que ya tenía y termine la noche con 10 dólares y el mal sabor de no haberme divertido.

La vida tiene un gran sentido del humor cuando se trata de enseñar. Siento que, disfrazada de juego de azar, me mostró los cientos de veces que, obsesionada por querer algo más he dejado de ver y disfrutar las maravillosas cosas que ya he ganado. Suelo postergar la felicidad hasta “tener algo mejor”.

Vi como soy quien decide si una pérdida o un fracaso se queda en drama o es aprendizaje. Soy quien otorga el tiempo de dolor y nadie más que yo puede encontrar una oportunidad para ganar la próxima vez.

Mi amiga Tania me compartió un video en donde una abuela le regala a su nieta este consejo: “En mi vida, hubo momentos de felicidad, pero me perdí de muchos por no saber reconocerlos. He aprendido que la felicidad no llega cuando conseguimos lo que deseamos, sino cuando sabemos disfrutar lo que tenemos. Atesora cada momento de tu vida. Trabaja como si no necesitaras dinero. Ama como si nunca te hubiesen herido y baila como si nadie te estuviera viendo. Ya que no hay mejor momento para la felicidad que justamente éste”.

Motivada también por esa abuela, voy a apuntarme lo aprendido en esos diez dólares, para que no se me olvide. Los voy a guardar en mi cartera, para tener muy a la mano con qué apostarle y ganarle a la vida, cada vez que se ponga en juego mi felicidad.

 

 

4 Comments on “Ganar o perder, esa apuesta de la vida.

  1. Que gran aprendizaje! Si, también el tuyo, pero el que acabo de lograr al leer estas líneas en verdad no tiene precio. Muchisimas gracias, que aunque sea poco para lo que cada semana recibo de este tu blog, si lleva toda la carga de bendiciones que merece tu trabajo.

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  2. Qué forma de abrirnos los ojos para no perder de vista esas “pequeñas ganancias” y de recordarnos que la mayoría de las veces ya tenemos “suficiente”. Gracias Aminta…

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