Francisco y Marcia se conocieron hace más de 30 años. El, un atractivo y coqueto maestro de baile, ella una amante de la danza a quien en un principio le caía mal su profesor por  disfrutar de más el asedio y la admiración de sus alumnas. Era de esos “me cae mal” que atraen más de la cuenta, que empiezan con rechazo y terminan en noviazgo.

Así evolucionó la historia de esta pareja. Entre música, flirteo, arte, seducción y conquista nació primero el amor y después un alegre niño de ojos grandes, risa fácil y pies movedizos que imponiendo un nuevo ritmo en su historia, los impulsó a unir  sus vidas.

No hubo matrimonio, simplemente sumaron fuerzas y corazón en pro del desarrollo, la educación y la formación de ese chamaco a quien, con una intuición maravillosa, decidieron llamar como aquel Dios maya padre de la sabiduría, que promueve el trabajo y el  sacrificio en favor  de la experiencia.

Y justo así se sumergieron en el proceso de vivir. Conociéndose y reconociéndose al avanzar, sorteando las bellezas y las desventajas de sus diferencias. Enfrentando y afrontando desacuerdos, contradicciones, deseos y emociones en constante competencia; amor, rencor, dedicación, preocupación, despreocupación, resentimiento, tolerancia, paciencia, coraje.

Como en la mayoría de las relaciones, con el tiempo, la temperatura del amor y la pasión se apausó. Se cometieron errores. Se cruzó más de una vez la delgada línea entre la ilusión y la desilusión. Se desmitificaron sueños, para luego seguirlos soñando. Se añoró el pasado cuando más dolía el presente. Se desdibujo el futuro y se trazó con apatía una y otra vez, como parte de una cotidianeidad aprendida.

Cambió la conducta; cambió la percepción del otro; cambiaron los cuerpos, los rostros, el color de los cabellos. Cambió la idea de si mismos hasta olvidar por momentos, por largos momentos, lo que fueron alguna vez; lo que añoraron; lo que tenían planeado para si. Cambió incluso ese niño que sin compasión decidió crecer y convertirse en hombre mientras se quitaba de encima la responsabilidad de mantenerlos unidos.

Diez y ocho años tenía su hijo, cuando Marcia se enfrentó a los nervios de predecir un nuevo vuelco en su vida. “Quiero hablar con ustedes” había dicho Francisco, con mucha seriedad y en el enorme hueco que se le había formado en el estómago, el miedo helado hacía eco presintiendo una separación.

Madre e hijo se sentaron nerviosos frente a aquel hombre que parecía más tenso de lo normal y que en dos copitas intentaba encontrar valor y las palabras adecuadas para hacer una nueva petición a esa mujer con quien había compartido la vida:

-Cásate conmigo –logró por fin decir y agregando grandes dosis de maravilla a la hermosa sorpresa que inundó a aquella familia, sacó un hermoso anillo que, en mi opinión, dignificó en todos los sentidos el verdadero, real y absoluto concepto de compromiso.image

Marcia y Francisco se casaron cinco meses después en la Iglesia de Nativitas. Celebraron con un banquete formal con el que soñaba ella y un festejo en la cantina como se merecía él.

Iza su hijo, que por suerte es amigo mío, fue el padrino de lazo. Unió, ahora sí, a sus padres en un matrimonio concebido dentro del amor adulto, libre, consciente, decidido a pesar de conocer y haber vivido lo realmente malo. Gracias a conocer lo verdaderamente bueno de los dos. Estando seguros de que  con todo y a pesar de todo,  deseaban compartir el resto de sus días.

image“Soy tan afortunado, que tuve el privilegio de ver en mi madre vestida de novia, a la mujer más ilusionada y feliz del mundo y conocer de mi padre su lado más hermoso, el que se permite ser vulnerable a la emoción y explotar en lagrimas de sensibilidad y alegría”, me compartió Izamná.

Han pasado ya 12 años de la boda de Francisco y Marcia. Hoy su hijo está a punto de volar hacia rumbos lejanos donde pondrá en práctica esos pasos aprendidos, con los que podrá darle una buena bailada a la vida. Se va tranquilo, sabiendo que se tienen uno al otro, para molestarse, para picarse las costillas, para sentarse a ver el fútbol y taparse en la siesta. Para quererse y cuidarse.

Yo me quedo con este hermoso regalo en forma de historia, que recibí de Iza. Ojalá aprenda que el “deber ser” de etapas, reglas y concepciones tradicionales de nuestroimage mundo social, a veces es solo una nube estorbosa que opaca la felicidad. Que sostener a cuestas la responsabilidad familiar, no me impida ver que todo se trata de amor y que éste no es más que un proyecto de vida compartida,  un principio de madurez personal.

Ser compañeros significa hacerse compañía y pienso que nada más deseado y necesario que eso, nada más útil que convivir en el amor y con amor, por elección y para el fin de los días. Hasta que solo sea la muerte de dicho amor, lo que realmente nos separe.

6 Comments on “Hasta que la muerte nos separe

  1. Que hermosa historia de vida. De esas que lo reconcilian a uno con la vida en pareja, así, como compañeros.
    Y luego contada tan bellamente pues solo puedo dejar que la piel se me erice y que el nudo en la garganta se calme.
    Gracias por otro hermoso momento.

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  2. Qué hermosa forma de honrar, confirmar y ratificar un compromiso. Francisco y Marce lo hacen inesperadamente maravilloso, de forma tan consciente, libre y madura y lejos de la ignorancia y la obligación con que se adquieren muchas veces y que los hace difíciles de cumplir. Diría mi mamá que lo reafirman “con conocimiento de causa”, lo reafirman gracias y a pesar de lo vivido y eso también es para mí Aminta, dignificar el real y verdadero concepto de compromiso.

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    • Contar las historias de la forma en que lo haces cambia nuestra disposición y perspectiva y como bien dice bardo692, nos reconcilia.

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  3. Es un honor compartir un pedasito de vida con tan bella pareja. Aprender a mirar con amor y admiración cada paso, cada palabra cada momento.

    Los Amo
    Leny.

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  4. Que hermosa historia, tan madura y yena de experiencias, gracias x compartir ese compromiso tan importante para la vida matrimonial, congratulations.

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