Encontré la fusión perfecta entre el amor y la amistad en un mercadito sobre ruedas.

Se trata de un lugar que desde hace muchos años se pone cerca del Toreo y al que solía ir los sábados con mi madre, con el pretexto de buscar naranjas pero con la firme intención de apapachar el paladar con las más ricas tostadas de romeritos, tlacoyos y gorditas.

Hoy sé que ir con mi Má era parte del sazón. Nos sentábamos en la esquinita del puesto de su marchanta de años y yo disfrutaba ver como mágicamente mi madre se transformaba, primero en “Güerita” luego en “Reina”, después ya con su garnacha en mano, olvidaba que era panameña para comer con destreza chilanga su banquete y, lo mejor de todo, mandando a volar por unos instantes los “buenos modales” para embarrarse a gusto hasta la nariz, compartiendo conmigo un ejemplo de absoluta felicidad.

Ese era justo el momento en el que siempre sentí confianza de compartirle algo importante. Desde la confesión de algún pecadillo escolar, pasando por miedos, inseguridades o el despertar de algún nuevo amor.

Se convirtió en nuestro “sábado de niñas” al grado tal que cuando mi mami murió, el mercadito fue uno de los primeros lugares que visité buscando sentirla y luego en un espacio que por años evité huyendo de su ausencia y del dolor.

He vuelto desde hace muy poco, ya con la herida más domada. Ya no están ni la marchanta ni “el mejor sabor del mundo” pero descubrí que la magia permanece.

Un sábado de esos que sin duda son regalo de Dios, estaba sentada en la esquinita de un local, intentando ignorar a la voz de mi conciencia que me hablaba de calorías, cuando el sonido distorsionado de algo que parecía una melodía conocida inundó el ambiente. La música salía con fuerza de una caja tipo toca cintas, que colgaba del pecho de una mujer quién a su vez sostenía la mano de un pequeño de aproximadamente 10 años.

La mujer ponía letra e interpretación a la música. Su voz, pero sobre todo el sentimiento que le imprimía, sobresalían entre el barullo mercantil. Pero lo que llamó más mi atención fue el niño que cantaba con muchísimo entusiasmo, sólo la última palabra de cada frase de la canción.

No pude dejar de mirarlo. Con pena confieso que desde la típica etiqueta social oscuramente contextualizada, intenté encontrar en él alguna señal de abuso, de vergüenza o de dolor, pero para mi sorpresa, ese chavito era un manojo de orgullo, mostrado al portar sus modernos lentes con armazón azul, sus tenis que se notaban nuevos y sobre todo las miradas cómplices y divertidas que de vez en vez le echaba a su inspirada madre.image

No se explicarles cómo o por qué, pero supe que ese niño no sólo no estaba obligado a cantar en el mercado, ni siquiera por la pobreza que sin duda padecen.
Ese mocoso de cara traviesa simplemente se veía feliz de poder estar ahí; casi puedo asegurar que como cualquier chiquillo que de pronto puede acompañar a su madre en un día de trabajo, este lo gozaba, la ayudaba y se divertía compartiendo el momento con ella.

Dicen que las cosas más simples de la vida, son las que hacen de ella algo maravilloso. Lo difícil es ver la maravilla en la simpleza. Entenderlo. Evitar perderse en la ansiosa imagebúsqueda de lograr “hacer lo correcto”, mientras añoramos “dar siempre más”.

Ojalá no se me olvide que en el caso de ese chavito y en el mío propio, bastaron un mercado y un pequeño antojo para experimentar y materializar, de la mano de nuestra madre, el más perfecto amor y la más honesta amistad.

Como te extraño mamá.

c

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8 Comments on “Amor sobre ruedas

  1. Gracias Aminta! Nada mejor que empezar el día leyendo tu blog y una taza de café; me transportaste años atrás! Definitivamente será un gran día!!!

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  2. Si todos pudiéramos ver y apreciar tanta belleza en todo, hasta en las cosas mas sencillas y cotidianas que para la mayoría pasan desapercibidas, este mundo seria otra cosa. Me encanta cómo las transformas en bellas reflexiones.

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