Esa noche probé que el tiempo es un bromista que alimentado por la mezcla mágica de emoción, nervios e ilusión, se disfraza de anciano, camina lento y exigie respeto mientras pone a prueba la ansiedad.

Ocupé entonces las nocturnas horas eternas en escribir dos cartas. Cada una parecía decir lo mismo, en ambas dedicaba el esfuerzo, el empeño, la intención y sobre todo el disfrute conseguido, a mi padre y a mi madre ¿Por qué esto y no un logro educativo o profesional? Porque intuía que ese día iniciaría en serio la aventura de crecer a solas, soltando ahora si sus manos, equilibrada sólo con sus consejos y apoyando el pie en la firme propuesta de alguno de sus ejemplos.

Como era de esperarse la mañana alcanzó para casi nada. Después de tanto tiempo me cuesta trabajo recordar qué hice o qué dije y a quién, pero tengo grabada con claridad la melodía que por primera vez escuché entonar a mi corazón. No miento, empezó como un golpeteo intenso que amenazaba con romper el pecho, pero de apoco y con cada aliento, encontró armonía y acompasó, no sé cómo, cuerpo y espíritu en un ritmo que entiendo se llama felicidad. Lo sé, porque mi corazón ha repetido el prodigio de esa melodía un par de veces más, dejándome en movimiento el alma y en brazos a Emiliano y a Marifer, mis hijos.

Pero volviendo a aquel día, todos corrían en la casa. Recuerdo que buscaba la mirada de mi madre, como cuando mi hija ahora sigue la mía deseando que diga algo. Ella siempre fue de expresiones distintas y en esa ocasión me entregó su amor acariciando suavemente mi espalda, al cerrar uno por uno los cientos de minúsculos botones que decoraban mi vestido. Estoy segura que depositó un deseo en cada uno y sé que así como los fue abotonando, así se me han cumplido.

Aferrada al brazo de mi padre llegué hasta el altar. Dios sabe cuánto temblábamos los dos. Él pudo jugar su papel de “el más fuerte”. Sacó de su bigote la mejor de sus sonrisas. Bromeó, como siempre, para pintar de colores mi camino. Me entregó como quien sabe nunca dejar de hacerse responsable y dijo algo que daría la vida por haber podido escuchar y que hoy relleno en mi imaginación y para mi consuelo, con la palabra “amor”.

Así, un día como hoy 19 de marzo, hace 21 años, me paré cuerdamente enamorada al lado del hombre que con absoluta convicción elegí para hacer equipo, en la segunda parte de esta aventura llamada vida.

El comediante Eddy Cantor dice que “El matrimonio es tratar de solucionar entre los dos, problemas que nunca hubieran surgido de estar solos”. A la mejor tiene razón porque, como lo escribí alguna vez, sólo subida en ese tren es que he aprendido en realidad lo que implica una pendiente y el vértigo emocional de las más duras caídas. Es esa travesía la que me ha permitido entender que “siempre” dura un instante y “nunca” puede suceder en cualquier segundo. Es esta historia que desde niña dibujé entre hadas, príncipes y unicornios; cuya trama se transforma cada día, alejándose del cuento imaginado, pero entregándome al final, y paradójicamente, una mejor versión.

Lo maravilloso del asunto es que entre esfuerzos, estirones, risas, llanto, avances y pausas, necesidades y contingencias; en la aventura de dos, los personajes se han multiplicado  y hoy somos cuatro recorriendo una tercera etapa del camino.

Está de más decir que dedico este post a Beto a quien quiero decirle que 21 años podrían sonar a “muchísimo”, pero en realidad, cuando me sacudo el polvo del cansancio y me permito ver más allá del cochambre que solemos dejar pegado a la frustración y la costumbre; entonces resto cientos de horas de risas fáciles; de pies calientitos cobijados por su preocupación cuando me ve destapada; de baños previamente preparados para que me dé tiempo y no pase frío; de cenas en la cama y desayunos los domingos; de paternidad ejemplar, la mejor del mundo; de Café Tacuba y “Las flores” sonando cuando hace falta subir el ánimo; de pan robado en Red Lobster y traído desde lejos, para satisfacer un antojito; de apoyo y libertad.

Si resto todo eso, entonces el tiempo recorrido puede ser sólo un muy breve ejemplo de las posibilidades y el partido que se le puede sacar a la vida, en cada uno de sus giros.

Por lo pronto confieso que hace 21 años disfruté el día más feliz de mi vida y si Dios quisiera hacerme un regalo, le pediría 15 minutos para volver a vivirlo.

6 Comments on “Contigo Aprendí

  1. Esa forma de contar, de escribir, de reflexionar es mi favorita. Gracias por recordarnos que hay que hay que recordar, restar, sumar y desempolvar.

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  2. Gracias por compartir algo tan personal y lindo, tan esperanzador y también realista. Gracias por invitarme al recuerdo del día mas feliz de tu vida.

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