“¿Cómo se siente uno dentro de un cuerpo que no reconoce como suyo, sometido a la tiranía de las hormonas y librando batallas en diferentes frentes?”

Es una pregunta que la escritora María Hernández Ponte se hace en su artículo “Los miedos adolescentes”, cuando habla de esta etapa. Lo chistoso es que a cientos de años de lejanía de mi adolescencia, podría hoy describir esa sensación, porque justo la estoy viviendo.

¿Será que algo está cambiando en mi? Más bien, nunca he dejado de cambiar. El tema es que por alguna razón, después de haber vivido años y años en la inconsciencia de la evolución, de pronto, casi de la noche a la mañana, en esta etapa llamada madurez el espejo me escupe sin tapujos la brutal e implacable realidad de una Aminta transformada.

¿En qué momento mi rostro, mi piel, cuerpo e incluso mi cabello dejaron de pertenecerme? ¿Por qué si por dentro sigo siendo yo, la misma yo de siempre, no me reconozco en el reflejo? Lozanía y brillo han ido desaparecieron dando lugar a zurcos y marcas de enojos y risas; a hilos plateados cada vez más difíciles de ocultar en mi pelo y a mucha más piel de lo que una figura pueden sostener. No paro de recorrer cada nuevo detalle en el espejo intentando recordar en dónde me perdí, en dónde me dejé.

Como siempre pasa cuando el Universo se pone de maestro, en medio de estas reflexiones llegó la invitación a una reunión con antiguos compañeros de la secundaria. Por supuesto me emocionó la posibilidad de vovler a ver a quienes formaron parte de una de las etapas más divertidas e importantes de mi vida, pero también me aterró regresar a ese tiempo en el que florecieron la mayoría de mis complejos y, lo peor, tener que asistir con este nuevo disfraz colocado por los años y que no logro quitarme de encima.

Confirmé mi asistencia, me emocioné y el mero día, cargada de las cientos de inseguridades que han crecido junto conmigo, esperé alrededor de 15 minutos, estacionada en mi auto, intentando encontrar el valor de llegar al lugar de la reunión.

Dice Maria Hernández: “Cada vez que entro en un aula o en un salón de actos repleto de adolescentes veo lo mismo, sus miedos e inseguridades. Desafiantes o tímidos, callados o bullangueros, matones o retraídos, todos sin excepción los reflejan en sus ojos. Sus cuerpos, cada vez más altos y todavía sin formar del todo, tratan de ocultar a los demás sus corazones de niños indefensos, su vulnerabilidad, Veo su impotencia, sus miedos a no pertenecer, al rechazo, al fracaso, al descontrol hormonal. Veo sus sueños, sus emociones latentes a flor de piel, su imperiosa necesidad de ser queridos”.

Así me sentía yo a mis muchísimos más de 40 a punto de cruzar el umbral del tiempo ¿Cómo regresar al mundo adolescente cuando el tiempo ha empujado con tal arte las manecillas del reloj existencial, quitándome los años de las manos y dejando en su lugar, la vista de un camino que apenas digiero haber recorrido?

Por suerte encontré el valor para entrar y fue entonces que recibí un montón de regalos:

Atestigüé que aunque todos hemos cambiado, siguen tan guapos de físico pero sobre todo de corazón los que lo fueron siempre.

Pude abrazar con cercanía y cariño a quienes en aquellos tiempos miré y admiré de lejos, como a Tavo, Pinita, como a Octavio, como a Laura y Fernando Vega.

Foto: Eduardo Campos

Foto: Eduardo Campos

Me llené de agradecimiento al escuchar a Humberto, que lee estos textos y sentir ese indescriptible orgullo de llegar con ellos al corazón de quién siempre he considerado tan inteligente.

Sentí el calor sanador del alma bonita de Manuel y Sergio a quienes llamaré “amigos” de por vida.

Recibí una probadita de la contagiosa felicidad de Eduardo y de mi querida prima Marina, quienes prueban que el amor llega a cualquier edad, mientras estemos dispuestos a recibirlo.

Aprendí de Caro que un “10” vale mucho más si te lo sacas rompiendo tus propios paradigmas y de Debbie que se puede ser dulce como una bailarina y manejar un sable con destreza, porque no existe ninguna contradicción en los opuestos, sino más bien un mundo lleno de posibilidades.

Recibí el hermoso regalo de re encontrar a mi querido amigo Pablo, a quién siempre quise agradecer que esté cumpliendo sus sueños en la pantalla y, a través de él y de Nicky, un poco también los míos.

Pero, sobre todo, aprendí que la madurez no es una opción, pero tampoco una agresión personal de la vida conmigo; que va a suceder invariablemente, sin avisar; que seguiré encontrando cambios frente al espejo; pero que lo verdaderamente importante es la intensidad con la que he vivido y si no lo he hecho con intensidad aún estoy a tiempo.

Que sólo de mi depende disfrutar; que a cualquier edad sigue existiendo la posibilidad y sobre todo la libertad de elegir vivir minuto a minuto o convertirse en un zombie en la propia vida.

Foto: José Manuel Sura

Foto: José Manuel Sura

Después de unas horas de maravillosa reunión con mi pasado, volví al futuro reconciliada con esos años; reconociéndome afortunada por haber crecido al lado de tanta gente buena y valiosa.

Incluso, podría decir que volví motivada a seguir buscando la felicidad, a engordar el cúmulo de experiencias y a encontrar cientos de razones para que lo que quede de vida, merezca ser vivida.

3 Comments on “Volver al futuro

  1. Como admiro esta forma que tienes para llevarnos de un inicio tan fuerte como es el de enfrentarnos a esa realidad llamada tiempo, a la maravillosa experiencia de reencontrase con esos seres que nos pueden ayudar a revivir esos preciados momentos de estudiante. Gracias.

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  2. Magnífica forma de narrar con honestidad lo que nos provocan ciertos reencuentros. Magnífica forma de recordarnos que hay vínculos que no se rompen ni se pierden a pesar de la distancia y que sin importar el tiempo que haya pasado, lo importante es saberse reconocer y recuperar a esas almas que siendo distintas, siguen vibrando en sintonía y resonancia con las nuestras. Un abrazo para ti Aminta.

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  3. Gracias Aminta por este maravilloso reencuentro y por la “enorme cascada de recuerdos y emociones” que volvimos a celebrar juntas. Gracias por tu amistad porque a pesar del pasar de los años, volví a encontrar en tí a esa amiga llena de vida y de autenticidad que siempre te ha caracterizado.

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