Aminta Ocampo

¿De qué trata el amor?

Hay quien lo define como un proceso de entrega al otro. Una virtud que representa toda la bondad, el afecto y la compasión humana. La total satisfacción al dar en completa libertad, sin mesura y, sobre todo, sin esperar nada a cambio.

A mi me cuesta trabajo entenderlo de esa manera tan incondicional. Me parece que la amistad y el amor son como un sube y baja en el parque. No funciona cuando sólo es uno el que impulsa. Se necesitan dos entregando y recibiendo la misma cantidad de empeño y energía para que el juego se mueva, para que valga la pena subirse. De no ser así, tarde o temprano (mucho más temprano de lo imaginado) acaba la diversión y ambos terminan por bajarse.

Esto que en la teoría parece muy obvio, por alguna razón se complica cuando empezamos a practicar el amor. Y lo paradójico es que en muchos casos que me son cercanos, los tropiezos se dan debido a la noble causa de querer “dar sin expectativas”; de auto presionarse para satisfacer sin medida ni condiciones; de cargar la enorme responsabilidad de complementar al otro, aunque en el proceso nos descomplementemos a nosotros mismos.

¿Existe de verdad la posibilidad de entregar sin esperar nada a cambio? Y si fuera así ¿Qué pasa con el que recibe tanto? ¿Dónde queda su derecho de saber lo que tiene que dar, de ser orientado sobre lo que podría entregar? ¿Habrá un poco de soberbia en quien sólo quiere dar? ¿Que no somos todos alumnos y maestros de con quienes compartimos esta escuela que es la vida? ¿Por qué habría de estar alguien en un sube y baja, si no espera que quien está arriba baje para ayudarlo a elevar?

Y entonces me surge de nuevo la pregunta ¿Qué debe esperar quien entrega amor? La respuesta más evidente sería: “Ser correspondido”, a la mejor la más acertada: “Ser Feliz”.

Pero ¿Cómo entender la expectativa de ser feliz, antes de la de ser correspondido en el amor?

Laura, una hermosa persona que dedica su vida a organizar cabezas para sanar almas y corazones, me lo explicó de la siguiente manera: “Si valoras sabiéndote auto valorado; si respetas teniéndote respeto; si aceptas a alguien cuando ya te aceptaste a ti mismo, serás también capaz de sentir la infinita felicidad de entregar amor, porque sin duda ya estarás siendo muy amado por ti. Si dentro de ti no existe una paz, que tú mismo hayas creado en tu interior, ninguna relación de pareja te brindara la felicidad que tú mismo no puedas construir”.

“Ama teniendo la expectativa de la felicidad, pero estando segura de que sólo podrás ser feliz con otra persona, cuando seas consciente de que incluso eres feliz cuando no estás a su lado”.

Viéndolo así, el amor se trata de llenarse de expectativas pero sobre la valoración, evolución, la madurez y la estima hacia uno mismo. Ya lo decía Fritz Perls:

“No he venido a este mundo a cumplir tus expectativas.
 No has venido a este mundo a cumplir mis expectativas. Yo hago lo que hago.
 Tú haces lo que haces.
 Yo soy yo, un ser completo aún con mis carencias. 
Tu eres tú, un ser completo aún con tus carencias. Si nos encontramos y nos aceptamos,
 si nos aceptamos y nos respetamos,
 si somos capaces de no cuestionar nuestras diferencias 
y de celebrar juntos nuestros misterios, 
podremos caminar el uno junto al otro; 
ser mutua y respetuosa, sagrada y amorosa
 compañía en nuestro camino. Si eso es posible puede ser maravilloso.”

La ley del espejo

“¿Por qué esta persona puede hacer lo que se le da la gana y nadie le dice nada?” “¿A qué se debe esa especie de favoritismo que permite a uno que otro llevarse la vida holgada, mientras el resto, andamos como calzón de señorita de la calle?” Me he sorprendido últimamente pensándolo y llenándome el hígado de frustración y el buche de piedritas.

He notado también que lo que a mis ojos es inaceptable, negligente, mala leche o un abuso, genera un enojo que se inflama ante la ceguera o el consentimiento de quien, según yo, debería actuar como autoridad.

Lo ridiculo es que la pereza de esta persona, la delegación negligente de responsabilidades, el saludo con sombrero ajeno y hasta lo que no me como, convierten mi enojo en un mar de bilis que de vez en cuando sirve de proteína y vitamina a mi monstruo interior.

El otro día lo alimenté tanto que de pronto no lo pude contener. Escapó de su cueva y como monstruo que es, rompió el buen modo, pisoteó el estilo, se tragó la cordura y me hizo de decir y hacer un montón de cosas que podrían agruparse en la categoría de “Berrinche Épico”.

Honestamente, me avergüenza mi reacción. No sólo por que quienes tuvieron que soportarla eran aquellos a quienes la impunidad afectaba de igual forma y sin embargo estaban dispuestos y entusiasmados a hacer equipo y sacar el compromiso adelante. Me avergüenza también, porque lejos de buscar la forma de resolver esta situación, he somatizado el enojo, convirtiéndolo en un malestar estomacal de duración record.

Pero como siempre, la vida se las ingenia para que no se me vaya una sola de sus lecciones y esta vez, en forma de galleta de la fortuna, me hizo llegar un mensaje que decía así:image

“Todo lo que te molesta de otros seres es solo una proyección de lo que no has resuelto de ti mismo”, Buda.

Y como no pude negar que se trataba de “mi suerte”, investigué sobre esa máxima y encontré que se sostiene en la creencia de que el exterior es como un espejo de nuestra mente, donde se reflejan diferentes cualidades o aspectos de nuestro propio ser, de forma tal que cuando algo no nos agrada de alguien, puede ser que de alguna manera exista en nuestro interior. En otras palabras, cuando nos sentimos molestos por el actuar de otras personas es probable que estemos proyectando algo que nos cuesta admitir de nosotros mismos.

Los estudiosos de la Ley del Espejo sostienen que observar dice más sobre el observador que sobre lo que se observa y que si nos damos cuenta de esto, entonces a la mejor podemos recuperar el control sobre lo que está sucediendo para poder hacernos cargo y trabajar aquellos aspectos que tanto nos incomodan. Aspectos de los que probablmente no habíamos asumido responsabilidad, que no admitimos como propios y que están jugando en nuestra contra.

De esta forma, las relaciones son instrumentos, pistas de la vida, para conocernos mejor a nosotros mismos, para crecer espiritualmente.

En pocas palabras, nos sentimos naturalmente atraídos hacia aquellas personas que tienen características que queremos potencializar en nosotros y, aunque estarán inevitablemente a nuestro lado, rechazamos a quienes nos reflejan aquellas que deseamos negar.

En resumen, puede ser que tengo más características en común de lo que quisiera, con quien tiene la habilidad de cuadricularme el hígado. La promesa es que si logro reconocerlas y trabajar en ellas, entonces todo lo vivido no será más que una herramienta de evolución y el torbellino de ira no se formará más.

Fácil no va a ser. A pesar de padecer deficiencias crónicas en la autoestima y sin ánimo de parecer soberbia, confieso que me cuesta trabajo relacionar en mí los grados de irresponsabilidad, egoísmo y la inexistente preocupación por el otro, que tanto me irritan. De estar ahí espero de corazón y con humildad reconocerlo y trabajar en ello.

Lo quiero, porque esta experiencia me ha permitido saber lo que provocan estas actitudes en los demás. Simplemente duele.

También, porque deseo de todo corazón tener una perspectiva mejor de las cosas, con más comprensión, con más compasión, con más amor.

Y sobre todo, porque como dice mi amiga Angela Lloreda “Hay reglas de decencia humana que se convierten en el renta a pagar por vivir en un planeta, que compartimos en plan de roommates, con el resto de los seres vivos”. Reglas y valores que si se respetan, hacen la vida más fácil en la escuela, en la oficina e incluso dentro de cada familia.

Finalmente, al solicitar la hermosa responsabilidad de ser madre, me comprometí a defender esas normas de conducta; a promoverlas; a respetarlas y a enseñar con el ejemplo, en pro y a favor de construir y mantener ese mundo feliz con el que sueño.

Amor sobre ruedas

Encontré la fusión perfecta entre el amor y la amistad en un mercadito sobre ruedas.

Se trata de un lugar que desde hace muchos años se pone cerca del Toreo y al que solía ir los sábados con mi madre, con el pretexto de buscar naranjas pero con la firme intención de apapachar el paladar con las más ricas tostadas de romeritos, tlacoyos y gorditas.

Hoy sé que ir con mi Má era parte del sazón. Nos sentábamos en la esquinita del puesto de su marchanta de años y yo disfrutaba ver como mágicamente mi madre se transformaba, primero en “Güerita” luego en “Reina”, después ya con su garnacha en mano, olvidaba que era panameña para comer con destreza chilanga su banquete y, lo mejor de todo, mandando a volar por unos instantes los “buenos modales” para embarrarse a gusto hasta la nariz, compartiendo conmigo un ejemplo de absoluta felicidad.

Ese era justo el momento en el que siempre sentí confianza de compartirle algo importante. Desde la confesión de algún pecadillo escolar, pasando por miedos, inseguridades o el despertar de algún nuevo amor.

Se convirtió en nuestro “sábado de niñas” al grado tal que cuando mi mami murió, el mercadito fue uno de los primeros lugares que visité buscando sentirla y luego en un espacio que por años evité huyendo de su ausencia y del dolor.

He vuelto desde hace muy poco, ya con la herida más domada. Ya no están ni la marchanta ni “el mejor sabor del mundo” pero descubrí que la magia permanece.

Un sábado de esos que sin duda son regalo de Dios, estaba sentada en la esquinita de un local, intentando ignorar a la voz de mi conciencia que me hablaba de calorías, cuando el sonido distorsionado de algo que parecía una melodía conocida inundó el ambiente. La música salía con fuerza de una caja tipo toca cintas, que colgaba del pecho de una mujer quién a su vez sostenía la mano de un pequeño de aproximadamente 10 años.

La mujer ponía letra e interpretación a la música. Su voz, pero sobre todo el sentimiento que le imprimía, sobresalían entre el barullo mercantil. Pero lo que llamó más mi atención fue el niño que cantaba con muchísimo entusiasmo, sólo la última palabra de cada frase de la canción.

No pude dejar de mirarlo. Con pena confieso que desde la típica etiqueta social oscuramente contextualizada, intenté encontrar en él alguna señal de abuso, de vergüenza o de dolor, pero para mi sorpresa, ese chavito era un manojo de orgullo, mostrado al portar sus modernos lentes con armazón azul, sus tenis que se notaban nuevos y sobre todo las miradas cómplices y divertidas que de vez en vez le echaba a su inspirada madre.image

No se explicarles cómo o por qué, pero supe que ese niño no sólo no estaba obligado a cantar en el mercado, ni siquiera por la pobreza que sin duda padecen.
Ese mocoso de cara traviesa simplemente se veía feliz de poder estar ahí; casi puedo asegurar que como cualquier chiquillo que de pronto puede acompañar a su madre en un día de trabajo, este lo gozaba, la ayudaba y se divertía compartiendo el momento con ella.

Dicen que las cosas más simples de la vida, son las que hacen de ella algo maravilloso. Lo difícil es ver la maravilla en la simpleza. Entenderlo. Evitar perderse en la ansiosa imagebúsqueda de lograr “hacer lo correcto”, mientras añoramos “dar siempre más”.

Ojalá no se me olvide que en el caso de ese chavito y en el mío propio, bastaron un mercado y un pequeño antojo para experimentar y materializar, de la mano de nuestra madre, el más perfecto amor y la más honesta amistad.

Como te extraño mamá.

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Hasta que la muerte nos separe

Francisco y Marcia se conocieron hace más de 30 años. El, un atractivo y coqueto maestro de baile, ella una amante de la danza a quien en un principio le caía mal su profesor por  disfrutar de más el asedio y la admiración de sus alumnas. Era de esos “me cae mal” que atraen más de la cuenta, que empiezan con rechazo y terminan en noviazgo.

Así evolucionó la historia de esta pareja. Entre música, flirteo, arte, seducción y conquista nació primero el amor y después un alegre niño de ojos grandes, risa fácil y pies movedizos que imponiendo un nuevo ritmo en su historia, los impulsó a unir  sus vidas.

No hubo matrimonio, simplemente sumaron fuerzas y corazón en pro del desarrollo, la educación y la formación de ese chamaco a quien, con una intuición maravillosa, decidieron llamar como aquel Dios maya padre de la sabiduría, que promueve el trabajo y el  sacrificio en favor  de la experiencia.

Y justo así se sumergieron en el proceso de vivir. Conociéndose y reconociéndose al avanzar, sorteando las bellezas y las desventajas de sus diferencias. Enfrentando y afrontando desacuerdos, contradicciones, deseos y emociones en constante competencia; amor, rencor, dedicación, preocupación, despreocupación, resentimiento, tolerancia, paciencia, coraje.

Como en la mayoría de las relaciones, con el tiempo, la temperatura del amor y la pasión se apausó. Se cometieron errores. Se cruzó más de una vez la delgada línea entre la ilusión y la desilusión. Se desmitificaron sueños, para luego seguirlos soñando. Se añoró el pasado cuando más dolía el presente. Se desdibujo el futuro y se trazó con apatía una y otra vez, como parte de una cotidianeidad aprendida.

Cambió la conducta; cambió la percepción del otro; cambiaron los cuerpos, los rostros, el color de los cabellos. Cambió la idea de si mismos hasta olvidar por momentos, por largos momentos, lo que fueron alguna vez; lo que añoraron; lo que tenían planeado para si. Cambió incluso ese niño que sin compasión decidió crecer y convertirse en hombre mientras se quitaba de encima la responsabilidad de mantenerlos unidos.

Diez y ocho años tenía su hijo, cuando Marcia se enfrentó a los nervios de predecir un nuevo vuelco en su vida. “Quiero hablar con ustedes” había dicho Francisco, con mucha seriedad y en el enorme hueco que se le había formado en el estómago, el miedo helado hacía eco presintiendo una separación.

Madre e hijo se sentaron nerviosos frente a aquel hombre que parecía más tenso de lo normal y que en dos copitas intentaba encontrar valor y las palabras adecuadas para hacer una nueva petición a esa mujer con quien había compartido la vida:

-Cásate conmigo –logró por fin decir y agregando grandes dosis de maravilla a la hermosa sorpresa que inundó a aquella familia, sacó un hermoso anillo que, en mi opinión, dignificó en todos los sentidos el verdadero, real y absoluto concepto de compromiso.image

Marcia y Francisco se casaron cinco meses después en la Iglesia de Nativitas. Celebraron con un banquete formal con el que soñaba ella y un festejo en la cantina como se merecía él.

Iza su hijo, que por suerte es amigo mío, fue el padrino de lazo. Unió, ahora sí, a sus padres en un matrimonio concebido dentro del amor adulto, libre, consciente, decidido a pesar de conocer y haber vivido lo realmente malo. Gracias a conocer lo verdaderamente bueno de los dos. Estando seguros de que  con todo y a pesar de todo,  deseaban compartir el resto de sus días.

image“Soy tan afortunado, que tuve el privilegio de ver en mi madre vestida de novia, a la mujer más ilusionada y feliz del mundo y conocer de mi padre su lado más hermoso, el que se permite ser vulnerable a la emoción y explotar en lagrimas de sensibilidad y alegría”, me compartió Izamná.

Han pasado ya 12 años de la boda de Francisco y Marcia. Hoy su hijo está a punto de volar hacia rumbos lejanos donde pondrá en práctica esos pasos aprendidos, con los que podrá darle una buena bailada a la vida. Se va tranquilo, sabiendo que se tienen uno al otro, para molestarse, para picarse las costillas, para sentarse a ver el fútbol y taparse en la siesta. Para quererse y cuidarse.

Yo me quedo con este hermoso regalo en forma de historia, que recibí de Iza. Ojalá aprenda que el “deber ser” de etapas, reglas y concepciones tradicionales de nuestroimage mundo social, a veces es solo una nube estorbosa que opaca la felicidad. Que sostener a cuestas la responsabilidad familiar, no me impida ver que todo se trata de amor y que éste no es más que un proyecto de vida compartida,  un principio de madurez personal.

Ser compañeros significa hacerse compañía y pienso que nada más deseado y necesario que eso, nada más útil que convivir en el amor y con amor, por elección y para el fin de los días. Hasta que solo sea la muerte de dicho amor, lo que realmente nos separe.

Como convertir una montaña en oro

A lo largo de mi vida, la palabra “crecer” ha tenido diferentes sentidos. Desde el natural  e inconsciente proceso de alargar extremidades, pasando por el miedo a que la dimensión del estómago me impida ver los pies; hasta la ansiedad por conseguir lo que en sueños he ambicionado a nivel social, laboral, económico e incluso también emocional.

Sin embargo, es a través de mis hijos que he disfrutado realmente del tesoro que es el crecimiento. No sólo por el hecho de atestiguar la magia de su desarrollo, sino porque los he visto formar poco a poco y de manera espontánea, una envidiable mancuerna, poderosa y  especialmente productiva en la tarea de crecer.

Jamás olvidare aquella casi madrugada cuando desperté sobresaltada al sentir la presencia de mi hijo al lado de mi cama. Tenía casi 3 años y me miraba intensamente en silencio con las mejillas más encendidas que de costumbre.

-¿Qué pasó Amor? -le dije mientras intentaba despertar completamente -¿Te sientes bien?
-El angelito me reimagegaló una hermanita -respondió muy serio
-¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo? -Debo haber preguntado todavía modorra -¿Qué soñaste?
-No soñé mami – respondió casi desesperado y como esperando que yo le entregará ese regalo del que se había hecho acreedor -el angelito me regaló una hermanita  -insistió. Yo no sabía que estaba embarazada, fue hasta unas semanas después, que recibimos la noticia de que Marifer venía en camino.

Nueve meses de espera es mucho tiempo para un niño. Emiliano lo resolvió entre cuentos y libros que compartía con su hermana a través de mi panza y largas charlas imaginarias, en las que yo fingía su voz, mientras que él empezaba a crear un enorme y acogedor espacio para ella en su corazón.image

Con el tiempo fueron formando carácter y definiéndose como diametralmente opuestos. Uno invita a la prudencia, la otra anima la aventura. El ofrece la teoría, ella la lleva a la práctica. Uno es paz y tranquilidad, otra desborda energía. Ambos son complemento del otro.

Yo los miro con envidia. Me hubiera gustado tener con mi hermano una relación así.

Fue al ver a mis hijos interactuando que asimilé el enorme regalo de la vida que es tener un hermano. No sólo aquel con el que te llevas bien.

Lo es, simplemente porque se convierte en la primera relación de un niño o una niña con un igual. Es ese laboratorio seguro donde podemos experimentar la más variada gama de sentimientos: enojo, felicidad, bondad, crueldad, envidia conformidad, empatía, antipatía, compañerismo, lealtad, hostilidad, afecto, resentimiento. La mayoría de las veces bajo la acolchonada protección del inevitable e incomprensible amor fraternal.

imageLos hermanos son esa fuente constante de compañía mutua. Una cátedra abierta de habilidades sociales, de creación y solución de conflictos. Un despacho sin horario para ofrecer crítica brutalmente honesta y con suerte asesoría y consejo.

No se cómo será la relación de mis hijos en la madurez. A la mejor se regalarán la oportunidad de llamarse tíos; a la mejor le darán un nuevo sentido a palabras como “cariño” y “apoyo”. Tal vez sabrán encontrar la forma de seguirse teniendo uno al otro, dignificando para sí mismos la concepción de familia.

Ojalá así sea, lo deseo con todo el corazón. Pero afortunadamente todavía falta crecer, no sólo a ellos, también a mi.

Un viejo proverbio dice “Cuando dos hermanos trabajan juntos, las montañas se convierten en oro”. Hoy, este par me tienen parada intentando mirar la cima de una enorme cordillera que es mi tesoro.image

Estos mini maestros míos me han enseñado que crecer no es más que el resultado de vivir; que hacerlo con intensidad es claramente una decisión personal y que en equipo puede ser todavía más valioso y divertido.

Yo no he sabido ni valorar, ni aprovechar las enormes diferencias entre mi único hermano y yo. Por suerte tengo vida y un gran ejemplo. Quién sabe, a la mejor en una de esas mi bro y yo retomamos la posibilidad de seguir creciendo juntos y logramos crear nuestra propia montaña de oro.